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In memoriam

“Indoluere exterae nationes regesque: tanta illi comitas in socios, mansuetudo in hostis; visuque et auditu iuxta venerabilis, cum magnitudinem et gravitatem summae fortunae retineret, invidiam et adrogantiam effugerat”.

(Tácito, Annales, II, 72)

 

CAPÍTULO I: EL HOMBRE

     ¡Germánico ha muerto! ¡Germánico ha muerto! Tengo que repertírmelo una y otra vez y sin embargo no lo creo. Yo recogí su último aliento; yo le asistí en su última enfermedad; yo lo vi apagarse poco a poco devorado por la fiebre; yo sequé su frente, humedecí sus labios resecos y limpié sus vómitos ponzoñosos; y sin embargo, no lo creo.

    Me acostumbré a estar separada de él durante largos periodos de tiempo y todavía me parece que lo voy a ver volver al frente de su ejército, victorioso, cansado y enfermo, pero glorioso y aclamado por sus hombres.

    Siempre temí que no regresaría y sin embargo ha sido la paz, la paz y el odio de una mujer, los que me lo han arrebatado.

    Pero incluso entre estos muebles y a través del bullicio de la ciudad que nada me dicen de él, porque él era un hombre castrense y no urbano, lo busco y lo espero, para desesperarme al despertarme a la amargura de la realidad. Germánico no está, como tantas veces, en campaña. Ha muerto, ha muerto.

    ¿Cómo ha podido salir el sol de nuevo?, ¿acaso los dioses, si realmente los hay, pueden ver impasibles tanta injusticia, tanto dolor? ¿Cómo puedo yo seguir respirando? ¿Por qué ha muerto él y no yo? Germánico, yo que te seguí en tantas campañas, te seguiría también ahora si no me lo hubiéses prohibido tú expresamente. Debo cuidar de tus hijos. Pero ¿qué protección pueden tener en una débil mujer, que ni siquiera pudo impedir que te envenenasen delante de mis ojos, poco a poco? Tus hijos …, temo por ellos y por mí (no por mí no, para mí vivir es una desgracia, no morir) Pero, si tú no fuiste un obstáculo para ellos, ¿qué seremos nosotros? Hojas que barre un jardinero o ramas cortadas por un solo golpe del leñador, una vez que el tronco ya está en el suelo.

    Yo ya no soy la que era, ya no represento nada para nadie, falta Germánico, sin él su estirpe ha muerto. Hoy he ido a ver a Tiberio, me ha recibido en el jardín, por mor de familiaridad me ha tratado con desprecio, con insolencia.

    Buscaba el apoyo del padre y he encontrado el veneno de la serpiente. Pretendí su apoyo para castigar a los asesinos y me desmostró, con su indiferencia, que era uno de ellos. Reclamé, me indigné, pero su corazón es, como el de su madre, de mármol. Al verlo allí no pude menos que recordar a Druso, al gran Germánico al que todavía hoy lloran y vitorean sus hombres. ¿Cómo pueden dos hermanos diferenciarse tanto? Ni siquiera, a pesar del exterior, Germánico y Claudio son tan distintos.

   A pesar de mis promesas al esposo agonizante, finalmente no pude dominarme más, hirvió en mí la sangre de Augusto, se tensaron los nervios de Agripa y habló mi lengua con la insolencia de Julia. Le recordé quién soy yo, aunque sin la sombra de Germánico me sentía menos que el polvo que pisan mis sandalias, y quién es él; cuál es mi estirpe y cuál la suya; que yo soy la nieta de Augusto y él el hijo de un Nerón solamente. No nombré a mi madre pero el tono de la voz y el despreció en la mirada debieron representársela. Por un momento vi el furor en sus ojos, un rayo de odio que se clavó directamente en mí. Me di cuenta de cuál había sido el tono de la convivencia entre él y mi madre y no le reproché a ella nada de cuanto había hecho. Por fin lo sentí débil ante la verdad inesperada. Pero pronto recordó, dominó su odio disfrazándolo de despreció y me recordó los versos griegos:

“¿Porque no eres tratada como una reina te quejas?

    Salí de allí sin bajar la cabeza, sin humillarme, sin insultar la memoria de mi esposo. Pero su enemistad está asegurada. Me da miedo. A veces pienso que Claudio tiene razón y para sobrevivir en estos tiempos hace falta ser los suficientemente inteligente como para no parecerlo.

    Y sin embargo no siempre fue así. Hubo tiempos gloriosos para nosotros, aún en medio del fragor de la batalla y bajo la lona de una tienda. La naturaleza nos contagiaba su salvajismo, su fuerza, purificándonos de nuestro urbanismo. Vivíamos en la edad de oro y era fácil preferir a Saturno ante Júpiter.

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Me declaro en rebeldía

    Desde este preciso instante y desde estas precisas líneas me declaro en rebeldía absoluta.

    Señores académicos de la Real de la Lengua, han perdido ustedes el criterio de autoridad y, si me permiten decirlo, la dignidad lingüística. La inclusión en la norma de nuestra vetusta e ilustrada lengua de un disparate como iros no merece otro calificativo.

    Si iros es correcto, ¿por qué no andaverse y dejarme en paz? Si hay a quien le resulta forzado escribirlo, eso sólo demuestra que no es escritor el que publica, es escritor el que hace literatura y, de esos, ni son todos los que están, ni están todos los que son.

   Me reitero, prefiero una vida al margen de la ley, lingüística por ustedes pretendidamente marcada, a olvidar que le es dativo y no acusativo, olvidar que éste no es lo mismo que este o consultar a un experto en higos, sicólogo, en lugar de uno en almas, psicólogo.

    Suya afectadísima,

Guiomar Inmaculada Patiño Pérez