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Mujer, madre, católica practicante y docente de la escuela pública

        Este fin de semana ha sido de lo peorcito, y eso teniendo en cuenta sólo declaraciones e informes, dejando a un lado, al lado de la tristeza, los muertos por cualquier sinrazón, porque razón no tienen.

                  Si entrábamos a él con el libro blanco de los empresarios, salíamos de él con informe sobre las escuelas católicas de la Conferencia Episcopal. Y el problema es que lo antedicho en el título forma parte de mi esencia y no puedo renunciar a nada de ello, porque sería renunciar a mi. Pero a veces hace falta realmente el soplo del Espíritu Santo para no peder los papeles y pedir la baja. ¡Suerte que, al menos, ha sido Pentecostés!

                Los empresarios, por boca de su presidente ya habían manifestado su solidaria preocupación porque las mujeres trabajáramos, pues el trabajo femenino es un problema. El problema, según yo lo veo, es que no haya suficiente trabajo, masculino o femenino, para mantener dignamente a personas y microempresas llamadas familias. En ocasiones es únicamente el “trabajo femenino” el que aporta algo a esa microempresa, que, lo miremos por donde lo miremos, no es tan micro. Pero, claro, yo soy mujer, llevo trabajando treinta años y, allá por el milenio pasado, era rubia.

          Pero es que ahora reclaman su derecho a decidir qué y cómo van a estudiar nuestros hijos en la enseñanza básica, “de la guardería a la universidad” y creo citar palabras textuales. Necesitan “currículums” palabra horrible donde las haya además de incorrecta, para cubrir determinados huecos en sus empresas. Lo que no dicen es que lo que no necesitan son personas pensantes, capaces de asumir riesgos y frustraciones, de encontrar soluciones donde no parece no haberlas.

               Es obvio que, como una mujer que tiene la desfatachez de quedarse embarazada y faltar por parto y lactancia, los obreros demasiado listos dan problemas porque no se creen las directrices de la empresa sin pensarlas y son capaces de gestionar su propia vida sin depender de un gestor externo. No son mano de obra barata, son personas trabajadoras. Esa diferencia entre máquinas y personas la hace una formación básica de calidad en la que no enseñemos a únicamente lo que les va a servir para formar parte de la empresa, sino también para formar parte de la vida y disfrutar en cada momento, incluso cuando no trabajan, que de esos también hay.

             No hacen falta licenciados en filología etrusca. Si no fuera porque soy licenciada en filología clásica, se me escaparía del cerco de los dientes: “Y usted ¿qué sabe? Si no sabe quiénes eran esos etruscos”. Pero soy de letras y sé que esto no es más que otra vuelta de tuerca a lo que ya ha pasado muchas veces. Lo que no entendemos, lo tememos y apoyados en la fuerza que da el dinero intentamos destruirlo. Sí hacen faltan licenciados en filología etrusca, y en arte, y en música y en griego y en latín. Si fuéramos más hoy no tendríamos que lamentar que EEUU haya abandonado el pacto de París, ni que a unos pobres inocentes les enturbien sus creencias haciendo creer a otros pobres ignorantes que Alá los espera después de que se lleven por delante a un montón de niños que están disfrutando de un concierto.

            Y para completar el fin de semana me faltaba el informe de la conferencia episcopal. Lo malo de todo esto es que Dios nos hizo libres, o a lo mejor es que nos dejó estudiar letras. Señores obispos, ¿de verdad piensan que a un católico de a pie, una persona con formación y principios no se le va a caer la cara de vergüenza cuando lea afirmaciones tan peregrinas como que asistir a una escuela católica aumenta la salud?

               Inmersos como estamos en una sociedad en la que ser católico practicante es ser atacado casi de forma cotidiana, en la que tenemos que desmontar a diario falacias y generalizaciones injustas, van ustedes y nos lanzan a la cara este bochornoso informe. ¿Se les ha ocurrido pensar que la diferencia entre la salud de sus alumnos y los míos viene del entorno social del que proceden? ¿Cuántos hijos de adictos cuyos padres están en la cárcel tienen ustedes? ¿Cuántos muchachos cuyas familias sobreviven con un sueldo que aporta su madre limpiando escaleras? ¿Han contabilizado a los alumnos de las escuelas misioneras de Centro América, por ejemplo? Y, curiosamente, cuando estudian mejoran sus niveles de vida, en algunos casos su salud porque consiguen comer en condiciones y, por supuesto sus expectativas de éxito vital. ¿A ver si todo eso va a ser por estudiar y no por hacerlo aquí o allá?

       Piensen, por favor, un segundo a cuantos cientos de miles de católicos comprometidos con el prójimo de verdad, los que trabajan en Cáritas, los que trabajan con familias desheredadas, han ensuciado alardeando de verdades a medias y falsas conclusiones. Si una no fuera católica creyente recordaría aquello de sepulcros blanqueados y mercaderes en casa de mi Padre. Por suerte, para mi, lo soy y sólo digo que ustedes serán vicarios de Cristo, pero yo soy hija de Dios.

           Está claro que el Espíritu Santo les dio el aviso y ustedes, haciendo uso de su legítima libertad, han decidido desoírlo. Si no fuera por Dios, pedía la baja, pero es que yo soy mujer, madre, católica practicante y docente, y usuaria en cuanto a madre, de la escuela pública. ¡Cosas que pasan!

Nota bene: aquí dejo los enlaces a los documentos a los que se hace referencia porque la cosa es tan evidente que, a lo mejor, alguien duda de su veracidad y siempre está bien consultar las fuentes (¡Anda, ya me sale otra vez lo de la formación humanística!)

 Presentación libro blanco de educación de la CEOE

Memoria de actividades de la Iglesia católica

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